Menos de mí, más de Él
Actualizado: 11 jul

Hey! Bienvenido/a de nuevo 🤍
¡Estás a punto de leer nuestro tercer escrito! En los anteriores hablamos de ese amor que nos encontró y nos dio identidad.
Hoy decidí compartir contigo un escrito que nació cuando estudiaba el evangelio de Juan.
“Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.”
Juan 3:30
Amo este versículo porque parece tan simple, pero esconde una profundidad enorme.
Estas palabras las dijo Juan el Bautista, en un momento donde su ministerio empezaba a quedar en segundo plano.
La gente que antes lo seguía, ahora iba detrás de Jesús, y algunos incluso le decían con preocupación:
“Rabí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien diste testimonio, ahora bautiza, y todos vienen a Él.”
(Juan 3:26)
La respuesta de Juan no fue de celos ni de miedo.
Fue una rendición hermosa:
“Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe.”
Esa frase no solo muestra humildad; muestra entendimiento espiritual.
Juan sabía quién era y quién no era.
Sabía que su propósito no era ser el centro, sino preparar el camino para el verdadero centro de todo: Jesús.
Y creo que esa es una de las oraciones más puras que podemos tener.
Porque, en un mundo que nos enseña a “crecer”, “resaltar” y “ser vistos”, Jesús nos invita a hacer espacio.
A menguar para que Él brille.
A soltar el control para que Su voluntad se cumpla.
Cuando Juan dice “es necesario”, no lo dice como una opción bonita.
Está diciendo: “No hay otra forma.”
Si Jesús va a reinar en mí, yo tengo que disminuir.
Si Su gloria va a manifestarse, mi ego debe hacerse pequeño.
Y no se trata de perder valor, sino de poner las prioridades en su lugar.
Menguar no es desaparecer; es permitir que mi vida apunte a Él.
Es que mis palabras, mis logros, mis dones y hasta mis luchas reflejen Su grandeza.
Porque cuando Cristo crece en nosotros, nuestra vida empieza a reflejar la suya.
Él crece cuando elijo amar en lugar de discutir.
Él crece cuando obedezco aunque no entienda.
Él crece cuando dejo que Su voz sea más fuerte que mis emociones.
Y en ese proceso, yo menguo.
Mis planes menguan.
Mi necesidad de ser vista mengua.
Mi deseo de tener la razón mengua.
Pero a cambio, Él ocupa el espacio.
Y cuando Él ocupa el espacio, hay plenitud.
La frase de Juan no es una renuncia triste, sino una declaración gloriosa.
Porque todo lo que entrego para que Cristo crezca, no se pierde: se transforma.
Así que hoy, mientras oro, quiero repetir con sinceridad lo mismo que Juan:
“Señor, que Tú crezcas en mí.
Que mis pensamientos sean los tuyos.
Que mi voz te apunte.
Que mis planes se rindan a los tuyos.
Menguar no me asusta si eso significa verte crecer.” 🤍
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